Familia HosannaLa sonrisa de Jesús

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padre john
NUESTRO PADRE ESPIRITUAL

El 3 de noviembre de 1972, en San Vicente, departamento de Antioquia, Colombia, nace el niño John Albeiro Montoya Cardona, hijo de Esther Sofía Cardona y José Libardo Montoya. Fue el último de 9 hermanos.

A sus 7 meses de edad, su padre tuvo un accidente fatal. Mientras construía la escuela en la cual John posteriormente estudiaría, los cimientos del edificio se desplomaron y lo enterraron; para salvarle la vida, sus compañeros cavaron desesperados, hiriéndole mortalmente la cabeza. Mientras esto sucedía, su hermano estaba hospitalizado con poliomielitis.

Desde ese momento, un nuevo estilo de vida empezaría para su madre, quien tenía 32 años de edad y 9 hijos que mantener.

Cuando tenía 2 años y medio, su madre se casó nuevamente; esto alivianó la situación económica de la familia pero también trajo dos integrantes nuevos, ahora eran 11 hermanos; sin embargo, a los pocos años, su padrastro los abandonó porque formó otra familia.

John tenía su comida asegurada, pero a sus 8 hermanos les costaba comer el pan de cada día. Algunas veces su tío les regalaba dulces aguados por el sol, su madre los hervía con agua y les daba con pan o arepa mientras hacían fila en aquella cocina ennegrecida por el humo del fogón de leña.

Apenas tenía 5 años de edad cuando salía en la madrugada con uno de sus hermanos a buscar leña para cocinar, aprovechaban la oscuridad para infiltrarse en los sembríos de los vecinos y cosechar algunas papas para que su mamá tuviera algo que darles de comer durante el siguiente día.

Por las noches, todos los niños del barrio se reunían en la calle a jugar futbol, jeimy, al gato y al ratón, guerra y libertad o al beso robado. Las mamás chismoseaban mientras miraban a sus hijos divertirse. No tenía a todos sus hermanos en casa porque algunos de ellos salían durante la semana a trabajar en unas fincas para conseguir alimento; solo se veían ciertos fines de semana.

Su niñez y juventud transcurrieron enmarcadas en la necesidad y en la búsqueda de la supervivencia. A pesar de todo, su madre marcó una profunda huella del amor de Dios en su corazón, que poco a poco iba echando raíces. Recuerda con claridad cada domingo que su madre, su padrastro y sus hermanos menores marchaban en procesión hacia el templo para la Misa; y que cada noche, ella les recordaba desde su habitación: ““muchachos, no se olviden de orinar y rezar””.

Tenía alrededor de 7 años, cuando aquella tarde que se quedó completamente solo en casa, se sintió cautivado por una imagen de Cristo Crucificado ubicado al lado de la cama de su mamá; lo observó por algunos minutos y empezó a llorar lleno de gozo sin saber por qué, recuerda la promesa que le hizo al herido señor de la cruz: “no sé quién eres, pero te buscaré”. Sin saberlo, sintió por primera vez la presencia consoladora de Cristo.

Durante su niñez y juventud también le sucedieron algunos eventos extraños, como el hombre pequeñito que se aparecía en la madrugada en el dormitorio que compartía con su hermana Olga y que después desapareció sin dejar rastro; o la vez que destruyeron sus camas y la habitación mientras dormían y nunca supieron quién o qué fue; o la voz que en algunas noches le repetía: “vamos a la cruz y volveremos”; o los nudos del cabello con los que amanecía el bebé Wbeimar, su décimo hermano. .

Estas experiencias siguieron ocurriendo, incluso cuando era joven; sin embargo, si nos detenemos a contar todas ellas no terminaríamos nunca, en este escrito solo pretendemos dar algunas pinceladas para comprender los signos de Dios en la historia del padre John, ya que el Señor le ha ido madurando desde siempre.

A los 7 años empezó a trabajar lavando vasos y copas en la taberna de Guillermo “Centella”, cada domingo ganaba 80 pesos, equivalente a unos cuantos centavos de dólar; su trabajo iniciaba a las 7 de la mañana y terminaba a las 10 de la noche en medio de los borrachos. Desde esa edad ha procurado ser independiente, no solo económicamente sino en los diferentes aspectos de su vida, la frase “el que no trabaja no come”, se quedó muy grabada en él.

El padre José Dolores García armó un grupo de personas para aprender a tocar el armonio y acompañar las Misas de la parroquia. John desde muy joven aprendía con facilidad y en poco tiempo era él quien tocaba el vetusto instrumento acompañado por doce señoras que cantaban “gustad y ved que bueno es el Señor, dichoso es el que se acoge a Él”, entre otras canciones antiguas. En esta etapa de su vida, sentía fuerte inclinación por el heavy metal, pero Dios nunca permitió que se abrieran del todo esos caminos, y finalmente, fue invitado a un cursillo de cristiandad en el que descubrió que el sacerdocio podía ser una alternativa para su vida.

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Al día siguiente de graduarse de bachiller, abandonó su casa para iniciar una experiencia de independencia y misión en una ciudad diferente. Cerca de dos años vivió en una casa misionera, donde conoció la providencia divina e hizo sus primeros pinitos como religioso. Se retiró por razones que prefiere guardar entre el Señor y él, y también, porque al frente funcionaba un colegio y no quería seguir viendo desde la azotea a las jovencitas que pasaban, sin tener la oportunidad de dedicarles una canción.

Después de esta experiencia empezó a rodar de rincón en rincón. Trabajó en una fábrica de escobas y traperos, comiendo lo que resultaba por día, a veces solo pan y refresco; otras veces, una sopa y arroz preparados desde el domingo anterior y si la sopa se empezaba a agriar, la calentaba con tomate, cebolla y aceite; así descubrió que estos tres ingredientes, arreglan el sabor de la comida cuando ya está vieja.

En estos 5 años de soledad, el sinsentido se apoderó de su vida, vivía porque tenía que vivir.

En las calles y con hambre, conoció el verdadero valor de la amistad y del compartir; Carlos, Idelmer y él, algunas veces solo tenían unas papas o una arepa con queso para comer todo el día. Conoció la grandeza de reír sin vergüenza y correr sin temor a ser

criticado, el gusto de disfrutar con Blanca, su buena amiga, una molleja azada o unas hueveras de gallina fritas en un kiosquito de la calle.

En unas de esas noches de parranda, hubo un hito importante que ha quedado grabado en su mente y en su corazón. Era una madrugada fría y lluviosa cuando salió de un club en la ciudad de Neiva, después de bailar, en la calle vio a un niño de unos 8 años tiritando de frío. Esta imagen heló su corazón y años después entendió que desde ahí se ratificaba su deseo de servir como consagrado al Señor y a su Evangelio.

Algunos años después empezó a trabajar como vendedor en una multinacional. Después de correr todo el día en el trabajo, alguna vez fue con sus amigos a divertirse, le impresionaba ver la imagen de la Virgen del Carmen presidiendo el espectáculo. Esto marcó otro importante hito en su vida.

No puede negar que aún le duele el hecho de haber apostado por la novia de su mejor amigo y después de ganar aquella apuesta, dejar a la chica botada y perder la amistad de su gran amigo.

“Qué cantidad de cosas vienen a mi mente al recordar aquel tiempo, que gran pecador fui”, comenta, mientras sigue recordando.

Una vez llegó a su casa con un número de teléfono escrito en su mano, era el de una prostituta a quien había empezado a aconsejar. Después de este evento detuvo estas farras con sus compañeros de trabajo, ya que comprendió hasta donde podía caer; nuevamente Dios preservó su alma, y aunque sea difícil de creer, también su cuerpo.

En medio de esta situación recordaba sus anhelos de grandeza y la convicción de ser águila, de volar alto, por lo que empezó a frecuentar algunas iglesias cristianas no católicas, aunque muy alejado, seguía asistiendo a la católica; de ambas iglesias pudo conocer grandezas y miserias. Su corazón continuaba en la búsqueda, persiguiendo un anhelo del cual había podido ver solo los reflejos, porque seguía oculto a la claridad.

Mientras visitaba el mercado popular por trabajo, una tarde de cualquier mes y año, su amigo Nelson, de 21 años de edad, le entregó una tarjeta para que asistiera a su grupo de oración “Vida Nueva”. Cansado de buscar, fue al grupo y es allí donde inició un camino de purificación, empezó a conocer el amor y a darse cuenta de que sí existía gente buena. Todavía tendría un larguísimo camino por recorrer.

Hacer opciones radicales en la vida implica lanzarse al vacío y cuando esta opción es por Cristo es mucho más, puesto que Él casi siempre se manifiesta de maneras muy discretas.

Durante la fiesta de Navidad de su empresa, en la cual estaban alrededor de 1000 empleados farreando, decidió hablar con el gerente para presentarle su renuncia, en lugar de aceptarle, le propuso un ascenso con un gran aumento de salario. Como le daba vergüenza decir que abandonaba su carrera para hacerse cura, mintió diciéndole a su jefe que se iba a estudiar psicología, entonces le propuso pagar la carrera con un trabajo a medio tiempo, así la cosa se iba complicando, por lo que le pidió dos horas para meditarlo. Aturdido en una banca de los jardines del club, cayó en cuenta que llevaba varios años intentado tomar decisiones y que esa, no debería ser quebrantada por ninguna paga. A los 15 minutos regresó a la fiesta para confirmar a su jefe la decisión definitiva.

Debía entregar sus clientes a los diferentes vendedores de la compañía, para lo cual recogió sus cosas y salió con sus maletas llenas de ilusiones y dudas, pero con la certeza de que había encontrado el mayor tesoro de su vida: Cristo. Regresaba a su lugar de origen después de muchos años de andar de un lado al otro, ahí lo esperaba el seminario para iniciar su formación como sacerdote, por eso debía agilitar la entrega de su puesto de trabajo.

En el segundo día de entrega de clientes a su compañera Julieth, ella lo invitó a almorzar en su casa. Después de comer frijoles con chicharrón, la tierra se empezó a sacudir intensamente; fue el terremoto que arrasó con la ciudad de Armenia, el cual cobró miles de vidas. Pocos eventos han dejado una huella tan profunda en su vida, aquella tarde en medio de muertos, heridos, desesperación y caos, corroboraba, una vez más, que no sería fácil la elección de vida que le llevaría de paraísos a desolaciones. En esta ocasión, la tierra se encargaba de despedirle, augurando cruz en el camino que iniciaba; pasaron la noche en campo abierto por el temor a las réplicas. Al día siguiente caminó hacia el bus, con su maleta a medio llenar y su corazón roto.

Los misioneros javerianos de Yarumal eran de botas y bastón, siempre le impactó su manera de vivir y de llegar a los demás, vio en ellos a los sacerdotes que llegaban a las periferias y quiso estar en ese equipo.

El seminario significaba austeridad, carecía de la mayoría de cosas a las que había estado acostumbrado, además de que seguía sanando heridas: el terremoto, una mujer con la cual quiso casarse y algunas relaciones a las que debía renunciar; en su corazón tenía la certeza de haber dicho “NO” a todo aquello y “SI” al nuevo proyecto que se abría ante sus ojos. Recuerda que su primera noche en el seminario le dijo a Dios: “busqué mucho, pero al fin llegué donde debía estar”.

El noviciado fue una de las experiencias más fuertes, dolorosas y edificantes. Por gracia de Dios, tuvo el mejor maestro de novicios, una persona enamorada de Cristo y de la humanidad, de quien aprendió para toda la vida. Allí conoció mucho de sí mismo, sus debilidades y fortalezas, y sobre todo, el amor gigantesco y misericordioso de Dios. Mientras vivía su noviciado, su rebeldía fue una de sus dificultades, lo cual se vio reflejado cuando decidió derribar la casa de una familia muy pobre para edificar una nueva a partir de ofrendas; la otra, fue cuando retornaron aquellos ataques del enemigo que tenía desde la niñez y la presencia fue tan fuerte, que puso en peligro el proceso de todos los novicios. El padre Nelson, su maestro, lo comprendía y lo defendía. Una vez más, el Señor salió con victoria y logró cruzar el umbral.

Posteriormente, en la formación teológica vivió muy feliz, en el noviciado había elegido opciones claras por la pobreza y por los pobres, especialmente después de una

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experiencia que marcaría su vida radicalmente. Mientras estaba haciendo unos ejercicios espirituales ignacianos, se escapó para visitar a dos familias. La primera familia pertenecía a un cantante colombiano muy famoso; mientras conversaban, les preguntó: –¿cuál es su mayor tesoro?, le respondieron: –la carrera musical de nuestro tío, las propiedades, las cabezas de ganado, en realidad, todas nuestras posesiones. Al salir de allí, visitó a dos viejecitas muy pobres que vivían en una covacha, Rosalba de 63 años y María, de 81, tenían solo una gallina que les daba su huevito diario y ese día la mataron para prepararle un caldo. Mientras comían, les hizo la misma pregunta, ellas le respondieron en coro: –Nuestro mayor tesoro es Dios y la Virgen. De esta experiencia obtuvo el lema de su vida: “los pobres, su mayor tesoro”.

Después de algunos años de formación, mientras estaba en un retiro en una casa de campo en Guatapé, Antioquia, cuando todavía estudiaba teología, en el silencio visualizó una pequeña casita en medio de una montaña. A partir de esta visión, nació en su corazón un gran deseo: “vivir en soledad y silencio para estar con el Señor”. Ese mismo día, le propuso a Dios y a sus amigos seminaristas, Felipe y Martín, que una vez ordenados sacerdotes, se entregarían por diez años a una misión activa de evangelización en los pueblos que no conocen a Cristo, y posteriormente, se retirarían a una vida de contemplación y oración. Esta propuesta quedó en el olvido, como una promesa de muchachos.

Una vez terminados sus estudios estaba programado que viajaría de misión a Tailandia. Mientras acordaban el lugar definitivo, le enviaron a Bolivia, donde misionaría por algunos años. Este país fue su escuela; cuantos errores cometió, cuantas lágrimas derramó, cuanto mal hizo como cristiano novato; y, solo porque cree en la misericordia del Señor, hoy puede aceptar que es sacerdote por gracia de Dios.

En aquel país conoció el hambre, la sed y toda clase de sentimientos mezquinos, pero también experimentó la bondad de Dios y de muchos miembros de su Iglesia; su obispo, Luis Morgan, quien le ordenaría sacerdote; el padre Mario, su compañero y anciano amigo. ¡Qué gente tan buena ha puesto en su camino nuestro Padre Dios!

En un salón de madera en la selva de Riberalta, Bolivia, emitió sus promesas de pobreza, castidad y obediencia, en medio de zancudos, tarántulas y serpientes. La orden del diaconado la recibió en la capilla San Martín de Porres de aquel mismo lugar.

El 29 de mayo de 2004 se ordenó sacerdote en la ciudad de Medellín, Colombia, para el Instituto de Misiones Extrajeras de Yarumal (Misioneros Javerianos de Yarumal). Quince días antes le había pedido al Señor que lo liberara del ministerio sacerdotal si debía ser un sacerdote que ataba cadenas a la humanidad, porque lo que él deseaba era desatar cadenas en el nombre de Cristo. Dios escuchó y prefirió continuar con Su voluntad.

El día de su ordenación también entra en la lista de los más dolorosos de su vida. Minutos antes de la ceremonia, recibía extrañas llamadas que parecían del enemigo en persona. Además, ese día estuvieron presentes algunas personas que le recordaban antiguas relaciones sentimentales en su vida. ¡Qué difícil fue todo eso! Finalmente, fue ordenado sacerdote en medio de lágrimas de angustia. Era la noche de un sábado de Pentecostés, las fogatas en campo abierto estaban preparadas para celebrar la ordenación de John y Martín, así como la fiesta de la venida del Espíritu Santo; en medio de la ceremonia, se desató un vendaval tan fuerte, que tuvieron que realizar la fiesta en un salón improvisado, ya que todo quedó destrozado. Con este signo, una vez más, se reveló lo que seguiría llegando a su vida de servicio: muchas tormentas y ataques tratando de ahogar la obra de Dios en su vida, pero también la efusión del Espíritu Santo que permitiría que en Dios vencería al mundo (Jn. 16,33).

Una vez ordenado sacerdote, volvió a la misión en Riberalta, de donde salió con algunas amenazas, una herida en el pie y otra más profunda en el corazón. Posteriormente, fue a La Paz, donde conoció el frío, la enfermedad y la soledad; fue la primera vez que creyó que se había equivocado de vocación y pensó regresar a su casa, pero cuando más hundido y solo se sintió, apareció de nuevo la mano de Dios en la presencia de un sacerdote amigo, el padre Cristóbal, que hoy en día es Obispo de Bolivia. Posteriormente sirvió en Cochabamba, donde inició, por “diosidencias de la vida”, las predicaciones fuera de casa, esto le haría un cura muy conocido y popular, razón por la cual sus “superiores” decidieron sacarle de Bolivia y enviarle aislado a la selva ecuatoriana por un año; posteriormente fue a otra selva en Colombia, mucho más oculta. Se sintió encerrado y decepcionado por las represalias de sus superiores; por ello, y por segunda vez, sintió la tentación de abandonar el ministerio sacerdotal.

Es aquí donde inicia otra dolorosa tormenta del sinsentido: su condición de salud era muy delicada debido al intenso trabajo y a las situaciones que había vivido como misionero. Llegó donde los padres Eudistas, de quienes el Señor se valió para salvar su ministerio. La experiencia con esta congregación duró 4 años y fue a través de ella que empezó a visualizar con claridad la manera de ser sacerdote, aquella que el Señor le había mostrado entre dolores y luchas.

El 1 de julio de 2013 se integró a la parroquia “Jesús el Buen Pastor” de Tumbaco, Ecuador. Aquí permaneció 11 meses, empezando un proceso de sanación mental, física y espiritual, en un ambiente de servicio, oración y discernimiento. Por primera vez, después de 10 años de haber sido ordenado sacerdote, sintió que nació su verdadera vocación sacerdotal y tomó la decisión de serlo para siempre y vivirlo a plenitud. El padre John reconoce que no se ordenó por vocación, sino por esos designios misteriosos de Dios, pues atrás de toda prueba siempre hay algo nuevo, un propósito divino.

monte tabor

Una vez tomada esta decisión, ya consciente y voluntaria, emprende un camino espiritual que lo llevaría a la vida pustinik. Así, en la familia espiritual que Dios le tenía preparada, se concreta la promesa hecha diez años atrás con sus compañeros Felipe y Martín.

Su vida ha transcurrido siempre entre picos irregulares, grandes tormentas y grandes victorias, sin dudarlo, puede escuchar el eco de la voz del Señor que le dice como al profeta Jeremías: “Antes de formarte en el vientre te conocí, antes que salieras del seno te consagré, te constituí profeta de las naciones… (Jer 1,5)”.