Familia HosannaLa sonrisa de Jesús

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pustinik
¿Quién es un Pustinik?

Pustinik en ruso significa eremita y pustinia significa desierto, y define también el lugar donde vive el eremita, es decir, su ermita.

El Pustinik es un eremita que se encierra en su pustinia con el mundo entero para orar y ofrendarse al Señor, en nombre de todos, e interceder por ellos, pero tiene una característica especial: está disponible para salir a llevar al Señor a los demás o para recibir a los que llegan buscándolo. Vive la oración permanente, en silencio y soledad, en los estilos de vida: Pustinikki en la Montaña y Pustinikki Contemplactivos. También existen los Pustinikki en la Calle quiénes estando en el mundo, en medio de sus actividades, trabajo, familia, incluso en medio de su vida matrimonial, se dedican a la oración continua y llevan su ermita en el corazón.

Según el libro Pustinia de Catherine de Hueck Doherty: “en general, un pustinik era el que vivía en un lugar apartado y solitario. Pustinik podía ser cualquier persona, campesino, duque, burgués, sabio o ignorante. Se consideraba como una vocación muy concreta y precisa, una llamada de Dios para retirarse al desierto a fin de orar por los propios pecados, por los del mundo, y para darle gracias por la alegría y la dicha que aportan todos sus dones”.

  • Testimonio Mamá Margarita (Biografía)
  • Carisma de los Pustinikki del Silencio de María
  • Espiritualidad de los Pustinikki del Silencio de María
  • Ramas Pustinikki
  • Pustinias en Betel, la Montaña del Silencio

“Como anhela la cierva los arroyos, así te anhela mi ser, Dios mío.
Mi ser tiene sed de Dios, del Dios Vivo”
(Sal 42, 2-3)

Soy una peregrina que desde niña he buscado al Amor de mi alma, hasta que descubrí que dentro de mí hay un jardín cerrado, donde Él me esperaba para hacerme suya y repletarme de la felicidad más grande del mundo.

Se me hace muy difícil hablar de esto, pero para dar gloria a Dios y sólo para eso, si en algo te puede animar mi camino, para que en el tuyo encuentres al Único que puede llenar tu corazón y hacerte feliz, te comparto con sencillez y cariño, una historia de amor, donde Dios y la Virgencita María son los protagonistas y únicos culpables de poder decirte hoy y con toda la boca llena de alegría, que me siento completamente realizada y feliz en el Amor de mi vida.

Mi vida antes de Cristo

Así como la historia del mundo se parte en dos con la llegada del Salvador, también la mía tiene un antes y un después, a partir de mi encuentro con la Vida, de mi vida, que la transformó y le dio sentido. En realidad, Dios ha estado siempre conmigo, pero yo no sabía que estaba con Él y eso hizo una diferencia tan grande, como la que hay entre la vida y la muerte, entre la luz y la oscuridad, entre la amargura y la felicidad.

Mi nombre completo es María Margarita (yo me agregué “de Jesús”) Larrea Portilla. Nací el 28 de octubre de 1971. Fui bautizada el 1 de octubre de 1972, día de Santa Teresita, mi santa favorita, en la Iglesia de Santa Teresita, por Voluntad de Dios y travesura de ella, quien me ha tomado a cargo siempre. Puedo decirte que, si hay algo que he hecho durante toda mi vida, ha sido buscar, soñar y desear, lo que creo que todos buscamos: “la felicidad”.

Yo era una niña muy tímida, callada e insegura; desde pequeña premiada por Dios con el don de llevar sobre mí unas cuantas astillitas de enfermedad y muchas veces salvada por Él de la muerte, tal vez gracias a esas experiencias aprendí a saborear el dulce silencio que da la paciencia en el dolor.

mama margarita

Dios me regaló los mejores padres, hermanos, abuelitos, familia; tuve una vida modesta, pero sin pasar necesidades; un buen colegio, buenos médicos y todo lo que humanamente se puede necesitar para crecer “bien”, gracias al esfuerzo amoroso y honrado de mis papis, Patricio y Lulú. Soy la mayor de mis hermanos. Ellos son maravillosos y los amo entrañablemente. A mi hermano Gabriel le paso con 3 años y a mi hermana Bernarda le paso con 15 años; es como una hija para mí. Aunque todo esto tenía, una extraña tristeza y soledad acompañaban mi alma de día y de noche, una insatisfacción dolorosa, un vacío e infelicidad que no pocas veces me sacaba lágrimas. Recuerdo haber sentido esto desde más o menos los 8 años.

No sé en qué momento de mi infancia decidí inventarme una amiga imaginaria con quien compartir mi dolor y le puse el nombre de “María”. A ella le contaba todo lo que sentía. Poco a poco, iba experimentando una paz muy especial cuando hablaba con ella. Con el paso de los años, comprendí que una hermosa Amiga, muy real, escuchaba verdaderamente mis lamentos y consolaba mi corazón y se llamaba María, mi Madre amada, a Quien aprendí a amar profundamente en mi colegio, gracias a las hermanas salesianas. Recuerdo que todos los días iba a la capilla del colegio a saludarle. De pequeña no sabía que Jesús Sacramentado vivía en el Sagrario, entonces iba solo por Ella. La imagen de María Auxiliadora era muy grande y estaba muy alta en la capilla de mi colegio, entonces, yo solía cortar florecitas y tomando mucha viada, le tiraba hacia donde estaba la imagen, muy arriba para mí, o le escribía cartas, las quemaba, metía las cenizas en una fundita y le tiraba. ¡Cuántas basuritas mías encontrarían las monjitas cuando limpiaban la capilla! Desde ahí, Ella y yo éramos inseparables. Ella era mi confidente, compañera, mejor amiga y como Madre e hija, nos unía la más dulce intimidad y confianza. Yo acudía a Ella para todo y soy testigo de su poderosísima intercesión, porque todo lo que yo le encomendaba a Ella, lo recibía de Dios, Quien ahora sé, que se complace tanto en la oración de los niños.

En realidad, mi vida espiritual giraba en torno a Ella, mi Virgencita; a mi Dios le amaba sólo con la voluntad, por ser Dios, pero mi relación directa con Él era escasa o nula, sólo Lo encontraba en el prójimo, desde que mi catequista de Primera Comunión, nos hizo hacer una hostia grande de cartulina y cada vez que hacíamos una obra buena, debíamos pegar un granito de trigo en ella, la idea era que el día de la Primera Comunión, pudiéramos presentar nuestra vida llena de obras buenas y yo trataba de esmerarme en eso lo más que podía. Disfruté muchísimo de mi Primera Comunión y de la preparación. Fue un 2 de mayo. Me acuerdo que lloré toda la Misa y no había llevado pañuelo, tenía que taparme la nariz con el librito de oraciones. Tenía 9 años.

Mis sueños de niña eran los de casi toda niña: casarme y tener hijos. Me encantaba jugar a las muñecas, montar bicicleta, saltar elástico. También amaba el ballet y eso como que me sacaba un poco de mi tristeza interior, pero sólo pude estar tres años en ese arte porque sacaba malas notas en matemáticas y porque me descubrieron una escoliosis de la que me tuvieron que operar luego, a los 16 años. A través de esa y otras cirugías, Dios fue moldeando mi alma.

La Confirmación la hice a los 11 años y casi no tengo ningún recuerdo ni conciencia de ese hermoso Sacramento. Luego en mi adolescencia, tuve un tiempo de dudas que nadie podía responder o tal vez no acudí a las personas adecuadas y empecé a creer en el horóscopo y en la reencarnación, sin embargo, nunca dejé de orar a mi Virgencita.

En la primaria, por mi timidez, me era muy difícil tener amigas cercanas, me llevaba bien con todas, pero no intimaba con nadie, porque me daba vergüenza jugar, me daba vergüenza alzar la mano en clase, pedir permiso para ir al baño, sonarme. No es exageración: todo me daba vergüenza y esa vergüenza me encerraba en mi soledad y no me dejaba abrirme a conocer el mundo, ni a la gente hermosa que me rodeaba. Siempre tenía 20 en conducta porque nunca hablaba.

En esa dolorosa soledad pensaba que, para ser feliz, lo que me hacía falta era una mejor amiga. Mi Dios me regaló varias amigas maravillosas que lo son hasta ahora y a quienes amo mucho, pero el vacío seguía. Empecé a salir a fiestas, me encantaba bailar. Eran fiestas muy sanas, en las casas de mis compañeras y con vigilancia de sus papás, me divertía muchísimo bailando, pero el vacío en mi interior seguía. Entonces pensé: Para ser feliz necesito tener un novio y luego casarme. A los 16 años tuve mi primer enamorado hasta los 18, y ahí comienza el descubrimiento más hermoso de mi vida, a partir de un gran dolor.

Como en ese tiempo yo no tenía casi ninguna relación con Dios y pensaba que para ser feliz lo que necesitaba era mi novio y formar luego una familia con él, puse en él mi corazón e hice que toda mi vida girara en torno a él, vivía y respiraba por él; él era todo para mí y de Dios me iba alejando cada vez más. Eso, con todas las letras, se llama idolatría, y claro, como él era toda mi vida y todo mi mundo, cuando terminé con él, casi me muero, mi vida ya no tenía sentido, solo quería suicidarme, pero no tenía valor, entonces, dejé de comer, dejé de dormir, pasaba encerrada en mi dolor y lo único que quería era morirme. (Quiero hablar de este enamorado con mucho respeto porque era bueno, y ya descansa en la Paz del Señor, Dios le tenga en Su Gloria; son errores que se comenten por buscar la felicidad en las personas y no en Dios, y yo asumo toda mi culpa).

Mi vida después de Cristo

Mis queridísimas amigas, viéndome en ese estado, me sacaron a la fuerza al cine, donde vi “Nacido el 4 de Julio”, película de la guerra en Vietnam, tomada de la vida real. Esa película me movió el piso. Me cuestionó mucho que una persona que había matado a su mejor amigo, que había quedado sin pierna y que había pasado por el horror de la guerra, a su regreso, se dedicara a trabajar por la paz… y yo… muriéndome por un hombre a mis escasos 18 añitos. Eso sacudió mi mente, pero no mi corazón, que seguía destrozado por ese y otros motivos más. Hasta que unos meses después, en la casa de mi abuelita, un glorioso día del Señor, caminando por el corredor, entró la luz en mi corazón y comprendí con mi corazón, valga la redundancia, lo absolutamente bruta que era. Yo decía que tengo a Dios, pero ese día supe que era mentira, porque me di cuenta que, si lo tendría, tendría todo para ser feliz. Entonces, con mi fe rudimentaria, dije unas palabras que no tenía idea de su alcance ni de su profundidad, no podían venir de mí, debe haber sido, con toda seguridad, mi dulce Espíritu Santo, Quien las puso en mis labios. Le dije: Dios mío, te prometo que, de hoy en adelante, voy a vivir sólo por vos y para vos y nunca más nadie ocupará Tú lugar en mi corazón.

Apenas pronuncié esas palabras, mi corazón se dio la vuelta y algo pasó en mí. Seguía enferma, seguía sintiendo dolor, pero tenía una extraña felicidad que nunca antes había sentido. En ese momento mi Señor cumplió en mí esta Palabra: “Cambiaré su duelo en regocijo, los consolaré y aliviaré su tristeza” (Jr 31,13). Ese día volví a nacer y aprendí, después de muchas lágrimas, desencantos y dolor, que la felicidad que yo buscaba no estaba ni en mis amigas, ni en mi novio, ni en nada más que en Dios. ¡ENCONTRÉ LO QUE BUSCABA! Lástima que no me acuerdo la fecha, sólo sé que tenía 18 años.

Cuando dije eso, jamás estuvo en mi mente la idea de hacerme monjita ni nada parecido, mis planes eran irme a Italia a estudiar diseño de modas para luego ponerme un taller donde pudiera ganar bastante dinero para abrir un orfelinato y no quedarme con las ganas de tener muchos hijos, porque casarme ya no quería ni de lejos, es más, juré por Dios -porque aún no sabía que no había que jurar- no volver a ver un hombre en mi vida, vivir sólo para Dios, pero no como consagrada.

Entonces fui a confesarme y empecé a buscar a Dios con desesperación, pero no sabía cómo encontrarle. Le pedía ardientemente que me dé algo donde pueda conocerle y como “el que busca encuentra” según su Palabra, al poco tiempo conocí un chico maravilloso, en el cumpleaños de mi amiga Lore; Jorge, mejor conocido como “Paquete”. Me llamó la atención porque en un cumpleaños pagano, él hablaba de Dios y cantaba a Jesús. Nos hicimos amigos, él iba a visitarme y yo le sentaba en la sala tardes enteras haciéndole preguntas y despejando todas mis dudas sobre la fe. Él con mucha paciencia y caridad me explicaba todo y me instruía, así, poco a poco, nos fuimos enamorando y rompí mi juramento, pero fue providencial y le doy gracias a Dios, porque con él conocí el amor verdadero y hermoso, donde Dios es el centro de los dos y no el uno del otro, donde nadie tiene que hacer feliz al otro, sino donde Dios es la felicidad de los dos y se comparte esa felicidad; donde todas las decisiones se toman en base a la Voluntad de Dios y todo el tiempo se dedica a amarle y servirle juntos y eso es lo que une y alimenta el amor. Yo tenía 19 años y estuve con él hasta los 22. Casi todos los días íbamos a Misa juntos, cantábamos en Misa, rezábamos el Rosario juntos, visitábamos viejitos, íbamos al grupo juvenil que él dirigía, etc., así se desarrollaba nuestra vida, y nuestro amor crecía desde el Corazón de Dios, en la transparencia, la sinceridad, la pureza, la alegría, la bondad, el respeto. Él se me declaró en la capilla que había en la Galería Exedra, y lo primero que hicimos fue poner nuestra relación en las Manos de la Virgencita y pedirle que, si la Voluntad de Dios era que nos casáramos, que nos llevara a un matrimonio santo y agradable a Dios, y si no era esa nuestra vocación, que nos mostrara el camino y mantuviera nuestra linda amistad en Dios.

Disculpen que les cuente todas estas cosas tan personales, lo hago a propósito por dos motivos:

1. Porque quiero gritar al mundo entero que el amor es sagrado porque viene de Dios que es Amor, que en Él todo es tan diferente, diáfano, puro y hermoso, y que nosotros los cristianos, estamos llamados a mostrar al mundo ese verdadero Rostro del Amor y ser muy valientes para ir en contra corriente, en un mundo que nos presenta todo lo contrario como si fuera “normal”. Eso me da mucho dolor: hoy en día muchas personas han dejado de tener conciencia de ser, seres con sentimientos, con voluntad, con el valor de hijos preciosos de Dios, hechos a Su Imagen, templos de Su Espíritu y se han convertido en objetos de uso: los hombres usan a las mujeres y viceversa. Se vacila con cualquiera como si la otra persona fuera como un helado que se toma y se bota el palo; como dice el Papa Francisco, estamos en la cultura del descarte: ya te use, te descarto y te cambio por otro cuerpo, como si fuéramos una cosa más en esta sociedad de consumo, que consume también relaciones al gusto del consumidor: si me gustas o me da ganas te uso… y así, se profanan los cuerpos, se lastiman las almas, se vuelve todo una feria y se aborta y la vida corre en un sin sentido y en un vacío utilitarista, donde lo que prima es el instinto, el placer, el egoísmo, y …¡Oh dolor! a eso se le llama “amor”. Eso, que ahora es “normal”, porque “todos lo hacen”, en realidad es abominable; las personas tenemos sentimientos y valor, no somos objetos de uso.

2.Y porque si tú, joven o mayor, estás buscando un amor, quiero invitarte a rechazar esa farsa y decirte que en un mundo así, sí es posible tener una relación santa, pura, honesta, hermosa y amar de verdad, entrañablemente, y tener un solo corazón con alguien, en Dios. Que el amor verdadero está en su fuente, que es Dios y cuando lo encuentras, cuando Dios es el Amor de tu vida, encuentras tu tesoro, tu felicidad, tu realización, entonces, cada cosita queda en su lugar en tu corazón: amas a tu pareja, sí; pero, no mendigas su amor; entregas lo mejor que tienes: tu Dios, pero en libertad, sin apegos, ni posesiones; compartes la felicidad que sientes, pero sin esperar que nadie te haga feliz a ti, porque ya lo eres en Dios y vives tan firmemente cimentado en eso, que se convierte en tu verdad, en tu vida, en el centro, en torno al cual gira toda tu existencia, de tal manera y con tal pasión que estás dispuesta(o) a perder todo con tal de no perder a Dios, y no al revés: dejar a Dios y tus convicciones de lado por no ser mal visto o criticado, por no perder un amor, por no perder el puesto, la atención, la fama, la “amistad”, etc…

…Si ya te ha pasado, no te angusties, vuelve a empezar. Dios no ha dejado de esperarte y tiene sus brazos abiertos para ti. Dale el lugar que le corresponde en tu corazón, y date a ti mismo el lugar que te corresponde también, para que quien se te acerque buscando alguna relación contigo, lo haga como quien se acerca al tesoro que tú eres como hija(o) de Dios; valorando tu esencia, respetando tu prioridad y tus convicciones cristianas, lo que debes dejar en claro desde el primer momento, porque si das a Dios su lugar en tu vida, Él, que es fiel, guardará tu corazón y bendecirá tu existencia.

Te comparto mi secreto: Le he pedido a la Virgen María, que todos los hombres que me miren, puedan verla a Ella en mí. Funciona muy bien, te lo recomiendo, claro, para eso no hay que mostrar lo que Ella no mostraría; y si eres hombre, puedes pedirle a Jesús que las mujeres que se fijen en ti, puedan admirar en ti la hermosura y la pureza de Jesús. Sabes, estoy convencida de que la belleza de las personas está en el corazón y un corazón bello puede reflejar más belleza que un exterior atractivo y esa es la belleza duradera por la que hay que optar, para escoger al compañero(a) de tu vida, todo lo demás es engañoso y pasajero.

Qué bello sería si todos nos enamoráramos de la pureza, miráramos con pureza, pensáramos con pureza, sintiéramos con pureza, habláramos con pureza. Volveríamos a ser como niños, recuperaríamos la inocencia original con la que Dios nos creó y Él se gozaría tanto en habitar en un corazón así. ¿Quisieras darle ese gusto a Dios?

Bueno, volviendo a la historia, después de un año de enamorados, me propuso matrimonio y con mucha ilusión empezamos a comprar las cositas para el nuevo hogar, empezando por un Crucifijo y una imagen de la Virgen, y claro, como mi ilusión más grande era tener doce hijos, lo siguiente que compré fue pañales, y empecé a tejer chambritas y a preparar una cuna… Hasta que un buen día, salimos al centro de Quito a comprar un nacimiento, al pasar por el claustro de las Concepcionistas y ver yo esas paredes tan grandes, le pregunté a mi novio qué era eso, me explicó y me contó los milagros que se habían dado ahí y cómo vivían esas monjitas, lo que despertó una gran admiración en mí y –una vez más– sin pensar en el alcance de mis palabras, le dije: Sabes, si no me casaría contigo, me haría monjita. A lo que él me respondió: Cuando estaba en el colegio también había pensado en ser sacerdote, pero no lo he vuelto a pensar…

… Pues desde ese día, casi no teníamos otro tema de conversación: Tú curita y yo monjita o nos casamos. Al principio lo hablábamos muy deportivamente, pero eso fue tomando forma y fuerza, hasta llegar a cuestionarnos seriamente ¿cuál era la Voluntad de Dios para nosotros?

Pasamos dos años en ese discernimiento, mientras seguíamos preparando las cosas para el matrimonio. El dilema era muuuuuuy difícil porque realmente estábamos enamorados y queríamos casarnos. No teníamos duda de eso, pero también yo me había enamorado perdidamente de mi Jesús y cada día le amaba más y eso me hacía corto circuito, porque cuando fui a consultar a mi director espiritual y le dije que quería casarme con los dos, me dijo que no se podía, que debía escoger uno de los dos. ¡Gran dilema! ¡La decisión más difícil de mi vida! Muy difícil porque yo no quería equivocarme: Si me casaba, quería que sea para siempre, y si me hacía monjita, también debía ser para siempre.

Honestamente, en mi corazón quería las dos cosas y no sentía preferencia por ninguna, las dos opciones me alucinaban, sólo necesitaba saber lo que Dios deseaba para dar el paso, porque yo estaba verdaderamente enamorada de los dos.

Te contaré cómo me enamoré de mi Jesús.

Cuando ya empecé a caminar en Dios, tenía un gran dolor en mi corazón, y era que sólo sentía amor por la Virgencita y no por Dios, como te decía, le amaba con mi voluntad, pero no sentía ni una cosquillita por Él y eso me hacía sentir muy mal. Ya había recibido formación y sabía que el primer lugar no era para la Virgencita, sino para Dios, pero por más esfuerzos que hacía, no lograba sentir nada, y aunque sabía que sentir no es lo más importante, sí quería amarle con todo mi corazón. Un día muy feliz, fui a Misa en la noche. Antes de entrar a la capillita de la que te hablé, miré al cielo y vi en un hermoso cielo despejado, una única nube que tenía la forma de la silueta de la Virgencita. Me quedé largo rato mirando y esa misma nube se fue difuminando y tomando la forma de una cruz. Me quedé embelesada un rato y subí a la Eucaristía, pero la verdad es que no estaba poniendo atención porque estaba distraída pensando en la nube que vi. Entonces, escuché en mi interior una voz que me dijo: “Escucha al sacerdote”. En ese momento el padre estaba diciendo: “A Jesús se va y se vuelve por María”. Con lo que vi y con esa frase que calzaba perfecto con el mensaje que me daba la nube, fui a dormir. Al acostarme le dije a mi Mamita: Virgencita, mira lo que dijo el padre. Yo quiero amar a Jesús y no puedo, por favor, si a Él se va y se vuelve por Ti, te ruego que me regales el mismo amor que Tú le tienes, yo quiero amarle como Tú le amas… Y me dormí… Al día siguiente, cuando abrí mis ojos, sentía que me iba a reventar de amor. Era un amor que me dura hasta el día de hoy y que se me salía por los poros, que no me alcanzaba en mi cuerpo, que me hacía estallar en lágrimas de gozo, de felicidad, de amor; un amor indescriptible y nunca antes sentido, algo que me hacía saltar de alegría y a la vez me sumergía en una profunda paz.

Por eso yo digo que mi Mamita es la culpable de mi felicidad y de todas las cosas maravillosas que me pasan, porque Ella me dio a Quien me hace feliz. Desde ese día Jesús es mi todo, mi centro, mi gran Amor, pero Él deja siempre que las Gracias más lindas, me sigan viniendo por las manos de su Madre y para que no me quepa duda, siempre me las da en los días de sus fiestas o sus vísperas. Son los detalles de Ellos que trabajan en equipo y que donde está Él, necesariamente está Ella, porque tienen Un Solo Corazón.

Más o menos desde esta época, y aún un poco antes, empecé a beber de la espiritualidad Eudista. Como no agradecer a mi Señor por todo lo aprendido y por tantos sacerdotes que han marcado mi vida, tanto de esta congregación como de otras y también diocesanos, así como mis padres Obispos, todos pastores buenos y según el Corazón de Dios, ejemplos vivos que me hicieron palpar el Amor de Dios, su cercanía y ternura, con sus consejos, con los Sacramentos, con su manera de acompañarme. Señor, bendíceles y abrázales en el cielo y en la tierra, cúbrelos con Tu Amor a todos ellos, los pongo en Tu Corazón.

Jesús: “mi Maridito”

Bueno, para no alargarte el cuento, después de dos años de discernimiento, tomamos la decisión de no casarnos, cuando ya tenía yo mi vestido de novia casi terminado, la fecha escogida, los nombres de los hijos elegidos y muchas cositas compradas.

En la misma capillita donde él se me declaró, donde teníamos el grupo juvenil y donde vivimos tantas cosas bellas, tomamos la decisión vocacional con la guía del Padre Jorge Córdova, quien, ahí mismo, frente al Santísimo nos hizo entregar nuestra renuncia al matrimonio, entregarnos a Dios y sellar esa ofrenda con el último beso de amor. Desde ese día hermoso, 22 de febrero de 1994, uno de los más felices e importantes de mi vida, yo soy toda de mi Jesús adorado y Él es todo mío, (cf. Cnt. 2,16) es mi Maridito Amado y yo soy la esposa más feliz del mundo. Nada en la vida me ha hecho más feliz que pertenecerle únicamente a Él en cuerpo y alma, y esa es mi identidad, más que mi cédula o partida de nacimiento, ese es el sentido de mi vida, esa es mi verdad y mi cimiento.

Claro que, como puedes imaginarte, en ese momento teníamos el corazón lleno de sentimientos encontrados, por un lado, un gozo y una certeza con una gran paz, y por otro, un dolor muy grande también por renunciar a tantas ilusiones y a un muy grande amor. (Mi novio, después de algunos años de esto, discernió que su vocación sí era el matrimonio, ahora está casado y tiene un hogar feliz).

Cuando el Padre me preguntó que cómo me sentía, le dije: Estoy muy feliz, pero me duele mucho no ser mamá, él me dijo: Dios nunca violenta los deseos más profundos de nuestro corazón. Mira, yo era cantante de rock y mi sueño dorado era cantar ante una multitud de personas; renuncié a eso para ser sacerdote y ahora que soy sacerdote, canto ante una multitud de personas, pero canto para Dios. La Virgen María pensaba ser Virgen y Dios le pidió que sea la Madre de su Hijo, pero le dejó que siga siendo Virgen. Si a ti te pide que seas virgen y tú querías ser madre, Él te dará muchos más hijos de los que hubieras tenido si te casabas.

Yo guardé esas palabras en mi corazón y después de muchos años, veo como mi Señor las ha cumplido con creces. Ustedes son parte del cumplimiento de esa promesa, para la Gloria de Dios.

Después de unos meses de esta decisión, yo tuve una fuerte crisis, estaba muy feliz de haber sido llamada, pero si veía a una embarazada o a un bebé, se me iban las lágrimas y mi corazón se volvía una uva pasa.

Una noche, llorando, le decía a mi Señor: No pienses que no estoy feliz, estoy muy feliz de ser tuya, me encanta, pero no puedo evitar el dolor de no ser mamá, me duele demasiado. Entonces tomé entre mis manos una imagencita del Niño Jesús, le besé y se me ocurrió la gran idea, le dije: Ya sé lo que vamos a hacer, Te voy a adoptar, no sólo vas a ser mi Esposo, sino también mi Hijo. Y abrazada a esa imagen, llorando, me quedé dormida en el piso por una o dos horas. Cuando me desperté, tenía la impresión de que en ese momento acababa de nacer, estaba nuevecita, ya nada me dolía, nada me afectaba, todo era felicidad y gozo en mi corazón. Hasta ese día sufrí por eso, a partir de ahí, mi Jesús fiel, sanó mi corazón y podía disfrutar de todas las panzas que veía y abrazar bebés sin ningún dolor, con un corazón sanito y feliz. Cuando el Señor nos pide algo, nos da todas las Gracias necesarias para vivirlo. No hay que temer al dolor y a las lágrimas, a los problemas y contradicciones, sólo hay que abandonarse y esperar en Él, que, a su hora, Él lo hace todo perfecto. Bendito sea mi Amor Jesús, mi Rey, el Dueño de mi corazón, que sabe cómo sanar lo que es suyo, el Esposo más delicado y bello que puede existir.

A partir de ahí, comenzó la hermosa aventura de seguir a mi Esposo a donde quiera que vaya y alimentarme de su Amor cada día, sintiendo la dicha más grande del mundo…

Un largo camino que no ha terminado, pero que tomó siete años más hasta descubrir mi verdadero llamado... Ya estaba dado el “sí”, ahora, dónde y cómo…

Comencé como laica consagrada el 25 de febrero de 1995, junto con mi hermana Françoise, muy querida, en el Centro de Espiritualidad Salve María. ¡Qué aventuras, Dios mío! La niña tímida que no se atrevía a hablar ni a aparecer, ahora tenía que dar catecismo a tandas de 200 conscriptos grandotes y fornidos, con mi frágil y quebradiza voz y mi guitarra, viajar en camiones entre gallinas y chanchos, atender el despacho parroquial, preparar catequistas, dar cursos pre-bautismales, pre-matrimoniales, y peor aún, animar las alabanzas en los retiros que se daban en el Centro de Espiritualidad. Recuerdo con chiste, que yo huía a esconderme en el cuarto con el pretexto de planchar las albas y purificadores para la Misa, y mi Padre espiritual me sacaba casi de la oreja, pero muy delicadamente, y me mandaba a animar. Eran las obediencias que más me costaban, pero qué bien me hicieron para vencer mi timidez, que aún la tengo, pero ya la logro manejar.

2 años pasé en el Centro de Espiritualidad “Salve María” y un año en “Emaús”, colaborando con mi muy querido Monseñor Raúl Vela, en ese entonces Obispo Castrense.

Esos 3 años como laica consagrada, fueron una luna de miel. Me encantaba escaparme a orar en el hermoso prado o en el río de ese campo bello que fue testigo de mis amores con mi Jesús. Horas dulces que parecían segundos y siempre quería más; ese “más” me daba conflicto, porque sentía una sed ardiente de estar más tiempo en soledad, en silencio, en oración y no me era posible. Tenía una sensación extraña, como una certeza de que Dios me pedía algo que yo no sabía lo que era; Él llenaba mi vida, pero mi corazón no descansaba, había algo más...

Justo en ese estado interior de oscuridad, en el que sólo me sostenía una experiencia fuerte que tuve al orar (Is.49) en la que mi Señor puso en mi corazón la seguridad de que debo esperar en Él, porque Él tiene sus planes, ocurrió la explosión de las Balbinas (Julio 1997), en el preciso momento en que los conscriptos que catequizábamos, estaban Confirmándose, milagrosamente salimos ilesas, sólo tuve una conmoción cerebral por un pedazo de techo que me cayó en la cabeza y un problema de oído, motivo por el cual tuve que guardar reposo algún tiempo, situación de la que se sirvió mi Señor para enseñarme a confiar en Él, a abandonarme, a estar abierta y dispuesta a todo.

Al confrontar este llamado con mi director espiritual y después de un discernimiento, me sugirió que hiciera una experiencia en la Congregación del Buen Pastor para ver si mi búsqueda se veía saciada en la Vida Religiosa. Entré a la Congregación del Buen Pastor el 25 de abril de 1998, Congregación que amo mucho, así como a cada una de mis hermanas, a quienes tengo inmensa gratitud por todo el gran bien que me hicieron. Ahí, aunque tenía más espacios para orar, curiosamente, la sed, en lugar de saciarse, iba tomando forma y haciéndose más fuerte: Yo anhelaba una vida de soledad, silencio, oración continua y algún apostolado pequeño, que no me ocupara más que un poquito de tiempo. Muchas veces me sorprendía soñando con una vida así, pero me parecía una locura, algo imposible, una tentación que me sacaba de mi realidad y luché muchísimo contra eso, pero esa atracción era más fuerte que yo, era como un imán irresistible. Pensé que no debía pasar al noviciado con todas esas dudas en mi corazón, pero mi director espiritual me dijo que dé el paso porque allí el Señor me mostraría lo que debía hacer.

Efectivamente, en el noviciado, tuve un profesor de vida consagrada que nos mandó de deber, hacer un resumen de la historia de la vida religiosa. A nosotros nos tocó los siglos XI y XII. Por varias ocupaciones no podíamos reunirnos con mis compañeras a leer el documento, así que, para adelantar, me encerré en mi cuarto a leer… ¡Y oh, sorpresa! No podía creer lo que veían mis ojos, encontré lo que tanto buscaba. Lo mío no era una tentación, era una vocación, y no estaba tan loca o había otros locos como yo, mi llamado era a la vida eremítica, lo que yo anhelaba tenía nombre y tenía historia en la Iglesia, más aún, eran de las primeras vocaciones que existieron, más o menos desde el siglo III. En ese documento se describía los diversos tipos de eremitas que había, me tire al piso a llorar agradecida y gozosa. En seguida pedí permiso para ir a mi dirección espiritual y mi acompañante me dijo que sí era por ahí. Le pedimos al Señor que nos confirme..

Para esto, venía a mi mente la palabra “pustinia”. Yo no sabía lo que era, pero sí sabía que, a mi novio, le había oído hablar de eso. Un poco después, sin pensarlo, ni planearlo, nos encontramos en el bus y le pregunté por esa palabra. Me dijo que era un libro y me lo regaló. Yo lo tenía en el noviciado sin tocarlo. Un buen día, en un retiro, donde nos dieron por tema “Los discípulos de Emaús”, le decía a mi Señor: Señor, lo único que te digo, es que siento, como los discípulos de Emaús, arder mi corazón, pero por una vida de silencio y soledad para estar contigo en oración. Por la tarde sentí un fuerte impulso de coger ese libro y estuve algún rato luchando contra ese impulso, hasta que me venció, lo tomé y lo abrí al azar; donde lo abrí decía que pustinia en ruso significa desierto y que pustinikki eran “gentes que en su interior ardían por estar solos con Dios y rodeados de su inmenso silencio… El pustinik gime postrado en tierra, esperando que Dios le explique, como hizo con los discípulos de Emaús, lo que Él quiera, todo lo que sabe, es que Su Corazón también arderá dentro de él, como les sucedió a los discípulos” (Pustinia Pág.37- 41). ¡Era increíble! con las mismas palabras con las que oré en la mañana, en la tarde, mi hermoso Maridito me confirmó que esa era mi vocación y que Él me había creado con corazón de pustinik. En ese momento se armó mi rompecabezas y entendí muchas cosas que había vivido y sentido, todo iba cobrando sentido.

Mi tierra prometida: La ermita

“Por eso voy a seducirla; voy a llevarla al desierto y le hablaré al corazón.
Y sucederá aquel día - oráculo de Yahvé - que ella me llamará: ‘Marido mío’.
Yo te desposaré conmigo para siempre, y tú conocerás a Yahvé.”
(Os 2, 16.18ª.21ª.22b)

Esta invitación al desierto, como dice esta lectura de Oseas, era en mi corazón, como una declaración de amor, sentía que el desierto era una manera especial con la que mi Amado me quería desposar con Él, aunque ya era mi Esposo, pero era como profundizar o formalizar nuestras nupcias en una vida mucho más íntima con Él. Entonces se me ocurrió una loca idea, le dije: Yo me entregué a Ti, mi Señor, de una forma válida y definitiva, pero nunca he hecho formal y oficialmente mis votos. Creo que Tú me permitiste cocer mi vestido de novia, no para casarme con un hombre, sino para este momento de mi vida. Sí, me lo pondré para entregarme a Ti en esta vida íntima a la que me estás invitando. Así que el 29 de julio del 2000, año jubilar, en una hermosa Eucaristía, sólo con mi director espiritual y tres personas que mi Señor permitió que me acompañaran, vestida de novia, me ofrecí a mi Esposo en una vida de silencio y soledad para dedicarme a la oración, y pinchando mi dedo, firmé mis votos privados con una gotita de mi sangre.

Mis queridas hermanitas del Buen Pastor me dieron la oportunidad de vivir mi vida eremítica dentro de la Congregación, con un gran detalle del amor de mi Señor. La casa donde comencé mi vida eremítica, era una casa para madres solteras que se llama: “María de Belén”, en Belén, con mi Madre María, di a luz esta vocación, fueron siete meses maravillosos, donde quedó absolutamente confirmado, ya en la práctica, que ese era mi llamado. Luego al confrontarlo con el consejo general, ellas resolvieron que, según el Código de Derecho Canónico, los eremitas deben depender directamente del Obispo del lugar, por lo tanto, el proyecto no podía depender ya de la Congregación.

Así, desde el 16 de marzo de 2001, pasé a obediencia del Señor Arzobispo, en ese entonces el Cardenal Antonio González, quien aprobó por escrito mi experiencia de vida eremítica. Comencé esta nueva etapa en Tumbaco, en una casita de campo, que me prestó mi abuelita, la cual estaba bastante destruida, sin agua ni luz, era casi una bodega donde yo tenía que saltar por encima de todas las cosas que estaban embodegadas para llegar a mi cama.

¿Me permites contarte una anécdota? Esa casita vieja parecía casita de cuentos y unos niños de una escuela cercana tenían la costumbre de ir, desde antes que yo viviera ahí, a tirar piedritas y decían que era la casa de Blanca Nieves. Como no había agua, yo andaba siempre con mi baldecito para llevar agua del pozo al baño, que daba a la entrada de la casa. Vestía siempre como hasta ahora, un sayal café y un delantal rosado. Un día, mientras estaba en el baño, escuché que pasaban por la calle un niño con su papá y le decía: Papi, ¿aquí vive Blanca Nieves? El papá le decía: No, mijito, eso es un cuento. Precisamente en ese momento yo salgo con mi balde del baño… y el niño grita emocionado: ¡Viste papi, yo te dije, ahí está Blanca Nieves! ¡Jajaja!

Pues al día siguiente, llegó con otros niños más que gritaban: ¡Señora Blanca Nieves, salga por favor! Cuando salí, les invité a pasar, y asustaditos me decían: Pero, … ¿sí nos va a dejar salir? Querían ver a los enanitos. Les ofrecí presentarles a uno. Les llevé al oratorio –que ya Mons. González me había dado permiso de tener al Santísimo– y les hablé de alguien muy especial y muy grande que por amor a ellos se hizo enanito y les mostré al Santísimo… desde ahí siempre iban a orar …y a ver a Blanca Nieves ¡Jijiji!!

Así transcurría mi vida en la dulce intimidad del Señor, que siempre me pedía más. En su gran amor, me concedió después, como siempre sin un centavo, construir una ermita en la que viví varios años, con otro hermoso detalle: El lugar en el que iba a construir, era el antiguo establo, como donde mi Jesús nació. Por eso y porque desde que adopté al Niño Jesús, Él me ha mostrado muy claramente Su Presencia conmigo; le llamé a mi ermita: “Divino Niño Jesús”, y a todo el lugar, que tiene también una capillita y una ermita para quienes desean hacer desierto, “Nazaret”. Le llamé “Nazaret” porque después de toda esta peregrinación buscando descubrir ese algo que había en mi interior, esa Voluntad de Dios para mí y cómo vivirla, aprendí a caminar en abandono en plena oscuridad. Me sentía como el pueblo de Israel en el desierto, que no tenían idea de a dónde iban, ni por dónde, ni hasta cuándo se quedaban en el campamento en que estaban, sólo Dios les dirigía a través de la nube o la columna de fuego y entonces levantaban el campamento y emprendían el camino hasta la próxima señal. Así lo viví yo y por eso le llamé a esa etapa, mi “Egipto”, como mi Jesús que tuvo también su Egipto y luego, pudo volver a Nazaret para su vida oculta. Nazaret es mi lugar estable ya de mi vida oculta. “Estable” entre comillas, porque Dios siempre nos puede desinstalar..

Y hablando de desinstalar, es lo primero que hizo: Yo estaba ya muy feliz, muy bien en mi soledad, le había dicho muy claramente al señor Arzobispo, verbalmente y por escrito, que yo no quería fundar nada ni que nadie se me una, que eso no es para mí, que viviría yo mi vocación y nada más... Cuando aparece una hermanita mía muy querida y especial que fue mi compañera en el Buen Pastor, y me pide hacer un desierto, al final del cual me dice que ella desea llevar también una vida semi-eremítica. Se me juntó el cielo y la tierra y se me revolvió el estómago… Es que, si tú me conocieras, te darías cuenta de que soy inapta e inepta para estas cosas, así que evité encartarme en eso, le presenté al Obispo y le dije que llevara su vida según el Espíritu le inspire, apoyándole sin involucrarme mucho.

Después de otro tiempo, aparece una amiga y vecina muy querida también con la misma inquietud… ya la cosa se ponía más seria, y aunque el miedo se apoderaba de mí, sí tenía clara una cosa: A pesar de que soy muy miedosa y pecadora, a mi Esposo no le puedo negar nada.

Les pedí perdón a las dos por mi falta de acompañamiento y compromiso, y por dejarme llevar de mis miedos y timidez, y traté de compartir un poco más con ellas el camino vocacional.

La situación tomó más forma y me vi en grandes apuros cuando me salió con la misma historia, nada más y nada menos que un sacerdote, nuestro querido Padre John, quien hacía diez años había tenido esa inquietud y se daba ya la ocasión de vivirlo, lo está haciendo desde el 15 de junio de 2014 en su famoso Monte Tabor. Él ha sido un valioso regalo de Dios en mi vida, un grandísimo apoyo y un fuerte impulso para dejar los miedos y los escrúpulos, y lanzarme a entregar lo que mi Dios ha puesto en mi interior.

Así, sin pensar, sin planear, sin diseñar nada, se fue formando una hermosa familia espiritual a la que amo entrañablemente, en la que compartimos la fe, la experiencia de Dios y vamos haciendo camino juntos, buscando Su Voluntad y cómo responder de la mejor manera, a lo que el Espíritu Santo nos va pidiendo, entre otras cosas, a las distintas realidades de personas que, desde su situación particular, desean vivir la esencia de esta vocación. Así, hay entre nosotros quienes lo hacen dedicando muchísimo tiempo a la oración, los Pustinik en la montaña; quienes combinan la oración con el apostolado, los Pustinik Contemplativos y otros desde su vida familiar, los Pustinik en la Calle, pero todos estamos unidos entre nosotros en la oración, el apoyo y el cariño fraterno y con un carisma preciso que nos identifica.

De esas cosas del Espíritu, surgió también la Familia Hosanna, de la que el Señor me hizo madre, también sin pensarlo; familia a la que amo profundamente y por la que, desde mi soledad, ofrezco mi oración con inmenso amor, por ustedes, queridos hermanos y hermanas de mi corazón.

Con todo esto, ¿qué te puedo decir? Soy extremadamente feliz, tengo el mejor Esposo del mundo y su Amor me seduce cada vez más.

¿Cómo es un día en una ermita? Pues en realidad, no hay dos días iguales. En el desierto no existe el tiempo, ni los esquemas, sólo existe una hoguera de Amor que es el Sagrario, desde donde Jesús, el Fuego que calienta, abrasa e incendia el corazón, atrae y atrapa poderosa e irresistiblemente, y donde el Espíritu Santo lleva a su antojo. Sólo se necesita la docilidad de disponerse al abandono para dejarse llevar por Él a la intimidad del Amor sin barreras.

El camino es la infancia espiritual, la pequeñez, la simplicidad.

La manera es la alegría, el asombro, el dejarse amar disfrutando de cada pequeño detalle.

La actitud es la humildad, la libertad, el amor apasionado y el estar disponible para dejarse habitar.

De esta manera pasan los días dentro de la Eternidad de Dios, puede uno quedarse en la sola Palabra “Jesús” durante tres días sin hacer nada más, otro día se puede hacer otra forma de oración, aquí los esquemas matan el Espíritu, se trata de dejarse llevar y hacerse ofrenda de amor en Jesús, la única ofrenda, por cada ser humano y en nombre de cada uno de ellos. Hay otros días dedicados a servir en la formación y acompañamiento a mi familia Pustinik.

Es básico en este camino la dirección espiritual, para aprender a discernir lo que viene del Espíritu y lo que no, para poder llegar con certeza a donde Dios nos quiere llevar.

Mi clave: Mi Mami, la amada Virgen María, Ella sabe muy bien y mejor que nadie, cómo agradar a la Santísima Trinidad, sabe también lo que mi Dios desea de mí y sabe cómo le puedo yo complacer y agradar, Su misión siempre ha sido darnos a Jesús y ayudarnos a que todos hagamos lo que Él nos diga (cf Jn 2,5), entonces, quién mejor que Ella me puede ayudar a hacerlo, si Ella sabe lo que Él me dice, lo que Él quiere, Ella sabe cómo hacerlo y sabe muy bien cómo soy yo, cuál es mi ritmo, mis debilidades, mi manera, no hay mejor Maestra en la vida espiritual. Por algo, Jesús en el momento más importante de la Salvación, nos dejó la clave: “Ahí tienes a tu Madre” (Jn 19, 27). No ha de ser de gana, Jesús sabe muy bien lo que nos da, porque sabe lo que nos hará falta. Ella administra mi vida, mis decisiones, mi horario, mis planes, mi ermita y todo lo que se hace aquí, que de manera especial está entregado por los mimados de mi corazón: los sacerdotes, empezando por los más cercanos a mí, el Papa y los Obispos. Tengo un trato con Ella, le he dicho: Mamita, Tú sabes lo que yo quiero, amar y hacer feliz a mi Amor, Tú sabes cuáles son Sus deseos y lo que le agrada, haz que yo lo haga, por favor; Yo le entrego mi vasija y mi pobre agua y Ella siempre se encarga de que mi Maridito se dé gusto haciendo sus maravillas y de que yo viva en la ilusión del primer amor cada día, en un milagro permanente, como si fuera una niña que disfruta de las pequeñas cosas en las que Dios me ama grandemente.

Te hago una confidencia: Esto suena como si viviera en una nube rosada, ¿verdad? Pues, sí y no. No, porque la cruz bendita es inseparable compañera en el camino y es precisamente la señal de estar en buen camino. No faltan luchas, tentaciones, dolores de todo tipo… Y sí, porque es precisamente el dolor el que más me ha unido a mi Esposo. Voy a decir algo que no sé si será herejía, pero he experimentado en mi vida, que hay dos maneras de comulgar: La Comunión Sacramental y el dolor. No te puedo describir con palabras y no lo quiero hacer para no profanar la experiencia, pero te invito a experimentarlo: Vive tus dolores en los de Jesús, uniéndote a Su Pasión, pídele que te meta en sus llagas, en su fatiga, en su angustia, en su agonía… ¡Señor, bendito seas! ¡Gracias por amarnos con tanta pasión!

Qué más tendrá mi Señor en este camino, no sé. Sólo sé que Él siempre pide más y que yo le quiero dar todo, que le amo con todo mi corazón y que Él es todo para mí.

Bueno, mi amada familia, te he abierto mi corazón y te he compartido un pequeño resumen de mi vida. Lo he escrito aquí en mi ermita, frente a mi Jesús Sacramentado, como un acto de adoración a Él, reconociendo agradecida todas las cosas maravillosas que Él ha hecho en mí, como si fuera un “magnificat” y entregándole mi fragilidad, que es mucha, mis equivocaciones y pecados en esta historia, que también son muchos y pidiéndole que con este barro tan pequeño y lleno de impurezas pero muy enamorado de Él, Él pueda plasmar un regalo para Él, en el que ponga Su Sello, Su Imagen, Su Gracia y Su Amor, para que pueda ser para Su Gloria y pueda ser una herramienta en Sus Manos para caminar a tu lado, amado(a) hijo(a) de Hosanna y sientas que estamos unidos, que también tú tienes tu propia historia de amor y salvación en la que tu Dios, que te ama, ya ha hecho y quiere seguir haciendo sus portentos, y llenando tu vida de sentido y de esa felicidad que nada ni nadie te podrá quitar. Te deseo toda la dicha y la plenitud en Él, que la Amada Virgen María te cobije con Su Amor y te alcance todas las Gracias que necesitas para que Jesús se siga formando en ti. Desde mi desierto te abrazo y te amo en Jesús y María, y te regalo este momento con mi Esposo.

mama margarita

Bendito, Alabado, Adorado seas mi Jesús Sacramentado, a Tus Pies deposito la adoración de toda mi Familia Pustinik y toda mi Familia Hosanna, con todos ellos queremos ser una ofrenda de amor para Ti, queremos ser en Ti complacencia para Tu Padre, nuestro Padre, y que Ustedes se gocen en derramar Su Amor en nosotros y sientan que tienen corazones abiertos y hambrientos que ansían y anhelan ser habitados por Ti.

Eres Hermoso, eres nuestra delicia, nuestro Amor y nuestro todo, nuestro corazón se derrite por Ti y queremos darte Adoración y Gloria, unidos a toda la creación, con nuestra vida y con todo nuestro ser. Que todo en nosotros, cuerpo y alma, nuestros pensamientos, sentimientos, movimientos, nuestro descanso y actividad, todo, sea Adoración para Ti, que Vives y Reinas con el Padre y el Espíritu Santo. Vivan y Reinen en nosotros también.

Bendice a toda nuestra familia, Señor Amado, Glorifícate en nosotros y de manera especial, en la vida y ministerio de nuestro Padre John, que, a través de estos medios, sean muchísimos más los que se sigan enamorando de Ti y sigan entregándote su vida.

María nuestra Madre nos haga una ofrenda agradable de amor para Ti.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos, Amén.

Video Realizado por CEAFAX

Carisma de la Vida Eremítica

El Espíritu Santo que fecunda la Iglesia con sus dones y carismas, ya en los primeros siglos suscitó entre los creyentes, hombres y mujeres llamados a seguir a Jesús de Nazaret en el desierto “profundo” de la soledad, el silencio, la oración y la contemplación, continuando su estilo de vida orante, austera y penitente durante cuarenta días y cuarenta noches, antes de empezar su vida pública para anunciar la buena nueva del Reino de Dios.

Son los llamados “eremitas” del griego “eremos”, que significa “desierto”. Eremita designa al que vive en el desierto, separado de todos, conocidos también como anacoretas, del griego “anacorein”, que significa retirarse, apartarse, irse al monte. Designa al que ha dejado el mundo.

Este estilo de vida anacorética, tan presente en la primitiva Iglesia con los Padres del desierto (Antonio, Pacomio, Pablo, Hilarión, etc.), fue la primera forma de vida consagrada reconocida por la comunidad cristiana (siglo III), junto con las vírgenes dedicadas al servicio de su único Señor y de sus hermanos y hermanas del mundo.

Nunca han faltado en la Iglesia familias religiosas con una espiritualidad eremítica (la Camáldula, la Cartuja, el Carmelo, Charles de Foucauld…), y es que el Espíritu, siempre presente y actuante, continúa llamando algunos seguidores del Jesús del Evangelio, llevados por el amor indivisible a Él, a vivir en el desierto para dedicar “su vida a la alabanza de Dios y la salvación del mundo a través de una separación más estricta del mundo, el silencio de la soledad, la oración asidua y la penitencia.” (CIC, c. 603).

La Pustinia

Existe también una forma de vida eremítica llamada “Pustinia”. Pustinia en ruso significa desierto, designa también el lugar o la ermita en la que vive el eremita o pustinik.

Este estilo eremítico, tienen una característica especial: y es que además de practicar la hospitalidad al igual que los otros eremitas, también están abiertos a brindar algún servicio apostólico o a salir de su ermita cuando la caridad se lo exige. Los pustinikki se ofrecen en holocausto y víctima por los otros.

Nosotros nos sentimos llamados a abrazar este carisma Pustinik dentro de la Iglesia. Nos inspiramos también en el estilo de vida de San Juan Bautista, Santa Marianita de Jesús, Santa Narcisa de Jesús, Santa Rosa de Lima, Beato Charles de Foucault, quienes combinaron la contemplación solitaria y silenciosa con alguna práctica apostólica. De santa Teresita del Niño Jesús recibimos la espiritualidad de la pequeñez e infancia espiritual y de San Francisco de Asís, recibimos la pobreza y simplicidad. Al llevar una vida algo parecida a la de ellos, pedimos su intercesión.

El espíritu de la Pustinia interior

Deseando continuar el legado de los ermitaños y pustinikki, riqueza espiritual de la Iglesia, nos inspiramos y fundamentamos en la espiritualidad del desierto que consiste en abrazar la soledad y el silencio para permanecer en estado de contemplación en la pustinia interior:

  • En concordancia con la vida y la misión de nuestro Señor Jesucristo, que se apartaba a solas para orar y permanecía en su Padre y su Padre en Él (cf. Jn 15, 1-10).
  • Y de nuestra Madre María, que conservaba cuidadosamente en su silencioso corazón, la santa presencia de Dios, contemplándolo incesantemente, en todo acontecimiento, estado y lugar (cf. Lc 2, 19.51).
  • Para vivir ocultos con Cristo en Dios (cf. Col 3,3), impregnándonos totalmente de Él para ser luz y comunicar su presencia.
Características

Esta vida contemplativa busca imprimir en nosotros estas características:

Un corazón lleno de amor apasionado por Jesucristo, nuestro Señor, y en Él, por la Santa Trinidad, buscando enamorarnos cada día más de Él.

Alegría desbordante pero serena por el gozo del encuentro.

Humildad para ser tocados por la misericordia de Dios y tocar con ella a todos, especialmente al que cae, al despreciado, al que ha sido considerado desechable, al de las periferias existenciales.

Eclesialidad: Vivirlo todo desde y con la Iglesia.

Camino: Nuestro camino para vivirlo es la infancia espiritual: pequeñez, simplicidad, humildad, abandono, pobreza, provisionalidad, providencia, oblación, paz, escucha, pureza, ternura, fe, esperanza, caridad.

Cómo Vivimos

Nos sentimos llamados a vivir una vida contemplativa, en soledad y silencio, llevando en nuestra oración al mundo entero y también abiertos a servir al que nos necesita, de manera que estemos unidos a Dios y al prójimo, pero siempre salvaguardando los espacios de oración.

La proporción de oración y de apostolado la vamos distribuyendo según el llamado personal de cada uno, pues tenemos tres ramas: Pustinikki en la Montaña y Pustinikki Contemplactivos, cuya vida se desarrolla en la soledad, y Pustinikki en la Calle que pueden ser personas en soledad o en la vida matrimonial o familiar:

Pustinikki en la Montaña

Totalmente entregados a la oración contemplativa en silencio y soledad, en una vida oculta con Cristo en Dios (Col 3,3), apartados del mundo, con muy poco o ningún apostolado.

Pustinikki Contemplativos

Con la misma esencia de los pustinikki en la Montaña, pero llamados a dar más espacio al apostolado y contacto con la gente, incluso en un 50% del tiempo, pero dando prioridad a la parte del desierto, equilibrando estos dos aspectos con la orientación y discernimiento del guía espiritual y del Padre Obispo.

Pustinikki en la Calle

a) Personas llamadas al celibato y a una vida contemplativa, pero en medio del mundo, de su trabajo normal donde hacen presente a Dios, del que se alimentan en sus momentos diarios de desierto.

b) Personas que por distintas circunstancias permanecen solteras o han quedado solas, ya no tienen responsabilidades familiares y encuentran en esta opción un camino para darle sentido a su vida y a su soledad.

c) Personas que en familia o pareja adaptan la realidad del desierto a su vocación matrimonial y/o familiar, llevando una vida cristiana profunda y comprometida, abriendo espacio también a la contemplación en silencio y soledad; o en su defecto, uno de los dos cónyuges que opta por este estilo de vida mientras que el otro no, y, sin descuidar sus responsabilidades y obligaciones, separa momentos para vivir lo que le sea posible de esta realidad en su vida de familia.

Conformamos así una familia espiritual muy diversa de locos por Cristo y por la humanidad, unidos entre nosotros en su Gran Corazón, con un hermoso y delicado amor fraterno, que lo expresamos en la oración de unos por otros.

Pustinikki en la Calle

Betel es un lugar dentro de la provincia del Pichincha en el Ecuador donde existe un eremitorio de la Asociación de fieles Pustinikki del Silencio de María. Es un lugar donde la creación de Dios brinda un espacio de silencio, belleza natural, soledad y contemplación, para vivir más profundamente los espacios de desierto y estar a solas con El Señor y discernir así la vocación a la que Dios llama en las diferentes ramas de los Pustinikki. Y también donde los Servidores de Familia de Hosanna pueden aprovechar este rincón de oración especial para el crecimiento espiritual.

Este eremitorio ha sido posible gracias a la generosidad de los esposos Felipe y Lorena (Pustinikki en la Calle), quienes compartieron parte de su propiedad para que la Asociación construyera algunas ermitas o pustinias y así ser un espacio de especial encuentro con Dios. Ellos tenían en su corazón, desde hacía varios años, realizar el sueño de que Mamá Margarita (amiga y madre espiritual de la pareja) viviera su vida eremítica cerca de ellos, y Dios presentó el tiempo y el lugar, a la par que iba creciendo la vivencia de la vida Pustinikki en Otón de Vélez de Mamá Margarita, el Padre John Montoya y algunas hermanas, ellos realizaron la petición del permiso correspondiente ante el Arzobispo de Quito, el 10 de julio de 2017, para tener un eremitorio en la propiedad de Felipe y Lorena y ese mismo día fue concedido dicho permiso por el Arzobispado de Quito. La liturgia tomaba ese día la lectura del libro del Génesis (Gen 28, 10-22) que habla del nombre que Jacob le coloca al lugar donde soñó con una escalera hacia el cielo. Tomaron este signo como providencial, y así colocaron el nombre de Betel a esta montaña apartada en las afueras del pueblo de Atahualpa. Lorena y Felipe habían llamado a su propiedad “La Montaña del silencio”. Hubo entonces la combinación de nombres y quedó denominada: Betel, la montaña del Silencio.

En el año 2018 se inició la obra de construcción, y para Gloria de Dios ya hay levantadas 11 pustinias, en donde los Pustinikki realizan su oración y adoración contemplativa, combinada con el trabajo manual y reciben la formación espiritual de Mamá Margarita y el Padre John, y sigue la obra de edificación.

En la montaña del silencio también existe una capilla para la celebración eucarística y una gruta dedicada a la Mami del Silencio, donde está su imagen de tamaño natural, invitándonos al recogimiento silencioso y contemplación de su Hijo amado, que quiere hablarnos al corazón.

El mismo día de la aprobación de los Estatutos Ad Experimentum de la Asociación Pustinikki del Silencio de María, el 8 de septiembre de 2018, día de la Natividad de la Virgen María, el canciller de la Arquidiócesis de Quito, el padre Néstor Torres, visitó Betel y celebró la Eucaristía, en la Gruta de la Mami del Silencio, en medio de una gran alegría para los miembros de esta Asociación.

Posteriormente el entonces Arzobispo de la Arquidiócesis de Quito, Monseñor Fausto Gabriel Trávez Trávez visitó Betel y realizó la bendición de las pustinias o ermitas el 27 de septiembre de 2018 y celebró una eucaristía de Bendición y consagración de este lugar el 13 de diciembre del mismo año.

Betel, la montaña de silencio, también en un lugar de encuentro mensual de Servidores de Familia Hosanna y Pustinikki de todas las ramas para celebrar juntos la Eucaristía, recibir temas de formación y trabajar juntos en alguna actividad de limpieza o arreglo de jardines, etc.